El amor durante la Revolución de Mayo

La primera historia que descubrí en la Historia Argentina es la que vivieron el flamante secretario de la primera junta, el doctor Mariano Moreno, y su esposa Guadalupe Cuenca.

Moreno conoció a su amada Guadalupe en el viaje que emprendió a Chuquisaca, en el Perú, en el año1803. Había viajado allí con la intención de cursar un seminario y ordenarse sacerdote, pero en el camino se topó el sufrimiento de la gente, las injusticias del Virreinato, y decidió convertirse en abogado para luchar por los derechos de libertad de los más humildes e indefensos, como los pueblos originarios.

Allí mismo en Chuquisaca, de paso por el taller de un orfebre, se queda observando largo rato un camafeo con la foto de una jovencita de la ciudad. El hombre que pintó el retrato le dice el nombre de la aludida y nuestro héroe de la independencia va a visitarla. Guadalupe tiene apenas trece años por ese entonces, su madre es viuda y no tiene posibilidades de casar a la menor de sus hijas.

Consiente en el casamiento con el doctor Moreno y en poco más de un año, tienen un hijo, Mariano, y los tres emprenden el largo viaje de regreso a las provincias del Río de La Plata.

Las guerras por la independencia le robaron a Guadalupe muchas noches con Mariano. Entre intrigas, secretos y luchas por el poder, Moreno acaba siendo enviado en una “misión” a Londres, la que no llega a cumplir, porque resulta muerto en altamar. Las circunstancias de su muerte son dudosas y todavía hoy, a doscientos años, se discute si lo que sufrió en realidad fue un atentado o si murió simplemente de una enfermedad a causa del viaje.

En tanto, Guadalupe, sola en Buenos Aires y a merced de los enemigos de su esposo, no pierde las esperanzas de volver a verlo. A poco de partir Moreno, recibe en su casa un paquete con algunos elementos de luto (un abanico, una mantilla y un par de guantes), pero de cualquier forma eso no la desanima y continúa esperando. Empieza a escribir cartas, muchas cartas a su Moreno, que ya descansa en paz, bajo el mar y envuelto, irónicamente, en una bandera inglesa.

Escribe Guadalupe, incansablemente, palabras tan tristes como estas:

“No me consuela otra cosa más que cuando me acuerdo las promesas que me hiciste los últimos días antes de tu salida, de no olvidarte de mí…, de quererme siempre, de serme fiel, porque a la hora que empieces a querer a alguna inglesa, adiós, Mariquita, ya no será ella la que ocupe un instante tu corazón, y yo estaré llorando como estoy y sufriendo tu separación (…) y vos divertido, encantado con tu inglesa. Pero para no martirizarme más con estas cosas, haré de cuenta que he soñado, y no te me enojes de estas zonceras que te digo…”

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